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27.3.16

SOSTIENE BATISTA



RAMIRO CARRILLO




Sostiene Juan Carlos Batista en el TEA de Tenerife que la Realidad es casi humo, en una fascinante exposición que es una de esas producciones decisivas en el trabajo de un artista, de las que marcan territorio, despliegan músculo discursivo y muestran la relevancia de su obra. En mi opinión, con esta exposición Batista ha pasado de ser un artista interesante a ser un autor incuestionable. Es decir, podrá gustar más o menos, tener mejor o peor encuadre dentro de determinadas líneas críticas, pero su obra ha demostrado un cuerpo que no puede ya ser ignorado en el debate artístico.
Realidad casi humo es una propuesta que consolida y afina las líneas de trabajo seguidas por Batista en  los últimos años, centradas en los juegos con los conceptos de realidad y representación, y en el despliegue de un abanico de sutiles ironías sobre un asunto que no tiene nada irónico aunque quizás sí de sutil: las formas de representación de lo real están conectadas con las formas de violencia social.
Batista ha construido un turbador imaginario con un collage de elementos en los que ha sabido reconocer –y hacer aflorar– contradicciones internas: soldaditos de juguete, animales de plástico, ilustraciones de la naturaleza, iconos soeces de la masculinidad; todo ello representaciones “ingenuas”, que ha buscado hibridar con el pegamento con que se construye la realidad en las imágenes contemporáneas: el retoque fotográfico digital. Esto hace que la exposición esté repleta de engendros, como la parada de los monstruos, como la isla del doctor Moreau. Pero en verdad también como la vida misma, cuyas imágenes, las que consumimos habitualmente, son también collages o retoques digitales que no garantizan ya fidelidad a ningún referente real. La ironía con que Batista aborda este asunto no deja de presentar un lado dramático, más evidente en las recreaciones de las imágenes de violencia o en la apariencia monstruosa de muchas de sus piezas, pero mucho más terrible en el trasfondo que subyace en toda su obra:  la constatación de que vivimos en un mundo en que ya no podemos fiarnos de lo que vemos.
Esta problemática se pone en relación con un surtido de imágenes y de recursos que remiten a la idea de naturaleza, entendida como un espacio aún inocente y originario. Así, la ironía del árbol que parece nacer de una pieza de madera industrial (cuando ésta proviene de aquel) dirige sus aristas tanto hacia el problema de la representación como hacia la fantasía de lo natural como el ámbito que da refugio a los valores primigenios amenazados por lo tecnológico, o incluso lo cultural. Y la imagen de un animal hibridado con un arma habla tanto de la mentira de las imágenes como de la naturalidad de las armas y de la artificialidad de la naturaleza.
Con todo, querría poner una objeción a la obra, y es la sensación (quizás demasiado privada) de que cierta ternura que creo ver aflorar aquí y allá entre las piezas, se diría tapada por la necesidad de resolver la obra de una manera  artísticamente incontestable. Echo de menos ese matiz de ternura en el discurso. Puedo estar errando el tiro, pero si hay algo de fundamento en esta apreciación, creo que Batista no tiene ya nada que demostrar, y entonces espero con verdadero interés su próxima exposición.
Claro que las opiniones son como el humo. La realidad es que Batista ha hecho una ambiciosa propuesta que ha concluido en una exposición espléndida que, sostengo, merece la pena ver.


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